Por qué somos mártires, servidores y forjadores del Sistema.

Somos mártires, servidores y forjadores del Sistema . Víctimas y a la vez, protagonistas de su edificación y transmisión.

Víctimas y verdugos… prisioneros y carceleros.

Mártires, servidores y forjadores del Sistema.

Somos mártires, servidores y forjadores de del Sistema. El liberarnos de sus cadenas es una de nuestras mayores aspiraciones pero a sus vez, sentimos comodidad en su seno. Una comodidad molesta, opresiva, pero comparativamente mejor que el desasosiego que imaginamos fuera de la seguridad que nos proporciona.

Esa dialéctica vital, nos convierte en víctimas pero, muchas veces también, defensores a ultranza de lo que llamamos Sistema y casi siempre, en trasmisores inconscientes.

Esto es fácilmente comprensible al darnos cuenta que el Sistema está dentro de nosotros. Forma parte de nuestra personalidad. Y sobre todo, al comprender que no se basa en una ideología, sino en una metodología: “Una manera de hacer las cosas”.

No me detendré en argumentar el porqué creo que el Sistema es más bien una metodología. Lo dejo para otras entradas. Argumentación más detallada doy en el libro “Caminando hacia la libertad”.

A modo de síntesis señalará que el Sistema se puede reducir (siendo muy reduccionista) en dos puntos:

  • La “Metodología del odio”. El odio como motor de todas nuestras aspiraciones, deseos o acciones (quiero cambiar mi cuerpo, mi estatus social, mis emociones, mi casa, mi personalidad, la de mi pareja, hijos…)
  • Mantenernos mentalmente débiles.

Adrián, una víctima del Sistema.

Como un ejemplo es mucho más clarificador que una larga argumentación, aquí va la vida de Adrian.

Un relato imaginario extracto de librito “Caminando hacia la libertad”.

Es un relato con carácter pedagógico, por lo que me he permito, por este fin, cierta exageraciones.

Historia de Adrián.

Adrián nació en una familia de clase media normal en un país industrializado. En una familia acomodada que lo deseaban profundamente.

Como cualquier niño, cuando nace y durante muchos años es completamente dependiente. Está indefenso. Su único medio de supervivencia es el amor de sus padres.

Sus padres, por supuesto, lo aman. Pero es un amor contaminado por la percepción que tienen de la vida…

Sus padres se odian a sí mismos y no lo saben. Constantemente luchan por ser de otra manera: cambiar sus cuerpos, tener mejor puesto social, conseguir más dinero, unas mejores vacaciones, ser más exitosos, tener mejor carácter, ser más alegres… Y lo peor de todo, creen que eso es amor.

Y ese “amor contaminado”, que no es más que odio inconsciente, lo empiezan a proyectar en Adrián.

Ya van a intentar moldear su personalidad antes de que ni siquiera tenga la posibilidad de expresarse… Ya saben lo que será lo mejor para él: Como debe sentir y expresar sus emociones, en qué debe creer, que tendría que estudiar (por supuesto, el no estudiar ni se lo plantean), su orientación sexual, idiomas… Vuelcan en él sus frustraciones y se esfuerzan por que las evite ¡antes de incluso pueda elegir!

El niño crece. Hace caso a todo, pues cree que es la manera de conseguir el amor de sus padres. No hay cabida en esta temprana edad para la rebelión.

A veces le puede costar mucho… niño travieso. Peor, más sentimiento de culpa y miedo.

Empieza a interiorizar el odio. Si quieres que te quieran, debes ser de una manera determinada… “No hagas esto, haz lo otro”; “eres malo”; “no me gustas que seas así”; “los niños fuertes no lloran”; ”ya te lo había dicho”; ”si te portas bien Papá Noel te traerá regalos”; ”me pones triste cuando haces eso”…

El amor de sus padres no lo percibe como incondicional. Está lleno de exigencias ¡y es por su bien!

Recordemos que la identidad personal es la interiorización de la figura materna y paterna (o por lo menos lo más importante). Y empieza a configurarse como una identidad exigente y, por lo tanto, violenta.

El niño empezará la escuela.

Se junta con otros niños, todos ellos con ya un bagaje de “odio inconsciente”.  Por supuesto, se influyen entre ellos.

Y el sistema educativo le da “otra vuelta de tuerca”: Más exigencia, competitividad, comparación… sólo para conseguir mantener el afecto de tus padres y otras figuras de autoridad. Los contenidos del aprendizaje no le importan. Sólo el afecto y reconocimiento que logra a través del estudio. Por suerte para Adrián, se le da bien. No le cuesta mucho esfuerzo. Aunque el temor a suspender está siempre presente. Otros niños lo tienen peor. Se deben enfrentar a una inferioridad en este aspecto desde temprana edad. Aunque la vida es compleja… nunca se sabe si es mejor o peor (quien sabe, a lo mejor descubren, con fortuna,  que suspendiendo sus padres le quieren igual).

A la vez, mientras se educa en el odio, hay todo un mecanismo para que sea mentalmente débil:

Crece cerca de unas pantallas que le vuelve adicto a los anuncios. Anuncios mucho más interesantes que el propio contenido infantil que le ofrecen. Pero no es tan importante lo que vea… lo importante es esa carga de dopamina cada vez que enciende el dispositivo.

Su alimentación es deficiente y rica en comida ultra procesada. Es difícil que un niño se alimente bien. Toda una industria juega en su contra.

Aun así es fuerte. Otros niños que arrastran patologías congénitas no pueden con ello. Les empiezan a medicar para mitigar sus síntomas: Asma, hiperactividad, síndrome bipolar… ya desde la infancia medicados con sustancias de consecuencias aún impredecibles.

Se va haciendo mayor.

Se crean otros vínculos y relaciones. Sus padres ya no son el centro de su vida emocional. Tiene también otros intereses. Pero tanto estas relaciones como intereses ya están dirigidas por la metodología del odio:  Relaciones de amistad basadas en exigencias, actividades de ocio basadas en la selección y competitividad. Ha llegado un momento que si existe alguna actividad que se aleje de este sistema, simplemente no le interesa.

Adrián llega a la adolescencia. Tiene el sistema del odio bien asimilado (le dicen que es un joven responsable, con la cabeza bien amueblada). Pero en realidad no se quiere de verdad y es mentalmente débil, adicto a las pantallas y al azúcar. Le cuesta decir “no” y tiene una baja autoestima. Además, lo sabe y el propio sistema lo culpabiliza y le empuja a superarlo con más odio y lucha. Entra en la dinámica de la lucha y la culpa.

En la adolescencia le llegan nuevas emociones… intenta descubrir su identidad y se cuestiona por primera vez al sistema en el que vive. Se despierta su sexualidad, se alteran sus biorritmos… sin embargo el Sistema le dará “más vueltas de tuerca”… le dirá como tiene que vestir, divertirse y a qué lugares ir para triunfar socialmente. Lo expondrá a adicciones peligrosas (redes sociales, alcohol, otras drogas) y a la vez lo culpabilizará constantemente con el “ya te lo avisé”.

“Tus padres y todo el sistema te cuidan y advierten, si has caído es porque eres débil”

(Es lo que resuena en su cabeza).

No contentos con este contexto, un verdadero hervidero de emociones, dudas, complicaciones, le hacen creer que tienen que decidir su futuro en ese instante. Es cuando el plan de estudios se pone más duro. Debe elegir a que se dedicará el resto de su vida y a la vez, centrarse en los estudios y olvidarse de lo demás. 

Sus padres, apoyarán sus decisiones si están de acuerdo al plan trazado por ellos (y por todo el Sistema). Si no es así, intentarán disuadirlo.

Adrián ya es mayor.

Tiene un buen puesto de trabajo como ingeniero técnico en una compañía informática. Está casado y tiene una hija pequeña, Clara.

Afortunadamente, sobrevivió a todo lo que he contado. Lo hacen la mayoría, aunque no son pocos los que se quedan en el camino: Suicidios, depresiones, adicciones incontrolables. Estos serán los marginados.

Los marginados son el daño colateral de la metodología del Sistema. Les llaman los “fracasados”, pero realmente son los que no han podido soportar tanta presión. Entre el odio y la enfermedad mental, han sucumbido. No son ya útiles ni para el sistema que los enfermó. Son una carga social, pero a su vez, el ejemplo que nos ponen para hacernos creer que llegaremos ahí si no nos dejamos “cuidar” por ellos.  No los vemos como las víctimas del Sistema sino como los inadaptados.

Adrián lo ha superado. Es un buen “soldado del sistema”. Nadie sospechará que en el fondo no es feliz, que el motor de su vida es el odio. Que es fácilmente manipulable con el miedo y que, sin querer, se lo trasmitirá a Clara

Como Adrián, somos mártires, servidores y forjadores del Sistema…

Aunque no es todo tan oscuro.

Esta historia ficticia es una muestra de lo que quiero expresar.

Afortunadamente es una visión exagerada, donde pongo en evidencia el lado perverso del Sistema.

La complejidad de los seres humanos hace que haya muchas variaciones en este proceso.

Padres y educadores cada vez más abiertos y que se cuestionan la validez de las exigencias sociales.

Personas que ponen su madurez personal y espiritual en primer lugar. Que buscan, se preguntan, cuestionan.

Niños y adolescentes que ante la presión se rebelan y en vez de encontrar la oposición de sus padres encuentran su apoyo.

Muestras de amor incondicional que sobreviven entre tanta oposición… amistades hermosas, adultos raros pero que nos inspiran, ejemplos de altruismo real…

Y gracias a esta complejidad la humanidad avanza.

El Sistema es el mismo: Metodología del odio. Pero ahora, tenemos más libertad. Eso hace que nos enfrentemos a retos completamente nuevos. El odio ya no sólo se alimenta con miedo. Se usa la persuasión, la manipulación, adicciones… ¡Nuevos retos!

Somos mártires, servidores y forjadores del Sistema. Pero también podemos ser los protagonistas de un cambio. Un cambio que empieza en cada uno de nosotros.

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